

Santiago se sienta sobre las raíces del árbol, aquel orgulloso samán que se erige con altanería ante la casa grande, como queriendo decir que él lo sabe todo. Con fuerza el viento sacude las rancias ramas de los arboles, mientras el muchacho escribe en un viejo cuaderno, imprimiendo aquellos sentimientos en el ya desgatado papel…
Ese soy yo…
Palabras, palabras, palabras que dan sentido a lo que soy… ¿y que soy?
El hombre que va…
El cuadrado, que todo lo encaja en un horario.
El que no entiende el gusto por lo absurdo…
El que oye detrás de los sonidos, el que intenta entender más allá de lo que se está explicando. Soy parte de aquello que busca, lo que sabe, soy más que un apellido, y un padre perdido, soy más que deudas y una mala herencia dada, soy más que una fotografía en alguna parte del mundo.
Soy el niño que mira en la ventana, y pierde su mirada en el largo camino, soy el recuerdo de un esquizofrénico, soy el olor del café molido, el niño de la casa grande. Soy el número 31 de un mes de diciembre, soy la espera de un teléfono, soy vida, alegría pero también tristeza y muerte… Soy el objeto del aeropuerto que nunca encontraron, soy el intento de un libro, y la agonía de un mensaje de voz… soy entre otras cosas una eterna llegada, y una mala partida.
Soy Santiago, pero también soy una parte de ellos, de aquellos que se han ido, de los que no volverán, de los que hablan en el viento y me visitan en los días de melancolía, soy una familia unida, que conoce el desarraigo y el desprendimiento de los seres que más ama.
Soy eso que nadie puede describir, ese silencio, que aprieta el corazón, anula las palabras y te amarra con un nudo en la garganta…
En un día como hoy… sigo siendo, sigo existiendo, sigo siendo ustedes…
Dedicado a todos los que han sido y serán, a los que regresan en los días amarillos, en donde el mundo se enferma de hepatitis y te ves siendo un niño, aunque el calendario te muestre otra realidad.

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